¿Para qué quieres que Dios te hable? ¿Estás dispuesto a escuchar, quieres realmente conocer su voluntad? ¿Quieres sinceramente saber lo que el Señor te tiene que decir o solo quieres oír lo que te agradaría escuchar?
Porque hay muchos que dicen querer escucharlo pero sucede luego que después de que él les habla y manifiesta a su inteligencia su voluntad, se mantienen en la necedad de querer seguir haciendo la suya.
Estos son los que luego se preguntan sorprendidos cuando les llega la desgracia: ¿qué querrá Dios de mí? O ¿cómo conocer su voluntad? O ¿cómo saber que Dios me está hablando?
¿Acaso no se dan cuenta que en el buen consejo del amigo ahí les habló el Señor? O en el diálogo con el cónyuge ahí les habló también el Señor. Por qué no se dan cuenta que en la homilía del sacerdote o en la enseñanza de los hermanos o en la lectura sincera y devota de las Sagradas Escrituras, ahí les hablaba el Señor. ¿Acaso no era Dios en tu interior, en esa corazonada, quien te advertía de no hacer eso o aquello, de no tomar tal decisión, de no actuar de tal formar, de no seguir por ese camino? ¿Acaso no era Dios quien te pedía dejar algo o a alguien porque te hacía daño y tú no estabas dispuesto a soltar o cambiar o volver a empezar?
Dios habla al hombre de día y de noche, de muchas formas le instruye, le hace entender, le aconseja advirtiéndole sobre sus caminos, pero el hombre muchas veces no está dispuesto escuchar. Y es que Dios habla de muchas formas pero el hombre no se da cuenta. Dios le habla a través de lo que le pasa; a través de la bendición y la maldición, a través de la salud o de la enfermedad. Dios le habla a través de la felicidad y a través de la desgracia. Pero el hombre dice: ¿cuándo Dios me habló?
¿Acaso habla Dios sin que el hombre no entienda? O ¿será quizás que el hombre no quiere entender cuando Dios, valiéndose de muchas medios, le habla? Por eso viene la ruina, la desgracia, el infortunio. Dios le lleva al desierto y le habla al corazón, para que desprovisto de todo y necesitado de todo, por fin le escuche.
Así que cuando te preguntes porque Dios no te habla en medio de tu desierto y aridez, recuerda: ya lo hizo y no quisiste escuchar porque lo que te dice no se ajusta a lo que tú quieres oír. Recuerda el consejo del amigo, las palabras del hermano, la enseñanza que recibiste en la fe, esa de la cual aún no haces caso y verás que Dios no enmudeció sino que tú a veces te has vuelto torpe para oír.
«Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»
Mateo 7,26-27.