El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite. “» Y ellas recordaron sus palabras. Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían. Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido.
Lucas 24,1-12.
Este pasaje, y todo el capítulo 24 del tercer Evangelio, nos presenta un hecho, un acontecimiento sobre el cual quisiera hacer nuestra reflexión. Lucas, nos muestra, la incredulidad que hay en el corazón de los apóstoles y de los discípulos, ante el anuncio de la resurrección de Jesús.
Se nos hablará de la incredulidad de los apóstoles (V9-11). De la incredulidad de los discípulos (V21-24). E incluso, se nos muestra, cómo esas mujeres piadosas, fueron al sepulcro muy de mañana a encontrarse con un muerto y no con un vivo (V1). Marcos, el evangelista, será más preciso al decir la razón por la que están allí, aquella mañana: fueron a embalsamarle. (Marcos 16,1). De ahí que las palabras del ángel van en esta línea: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (V5).
Y todo ello a pesar de que Jesús, en vida, había anunciado tres veces, lo que le iba a suceder y que resucitaría al tercer día. (Mateo 16,21. 17,23. 20,19). Es más, hasta los fariseos recordaban lo dicho por Jesús. Al otro día, el siguiente a la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: «Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: “A los tres días resucitaré.” Mateo 27:62-63. Razón por la cual, solicitaron a Pilato, poner mas soldados para custodiar el sepulcro.
Y aunque Los discípulos habían visto a Jesús resucitar muertos: a la hija de Jairo. Mc 5,21-43. Al hijo de la viuda de Naín. Lc 7,11-17. Y a Lázaro de Betania. Jn 11,1-44. No les alcanzaba la fe para creer, en aquellas palabras de Jesús, de que él había resucitaría al tercer día.
Este texto lucano, entonces, se nos muestra dos cosas: que los discípulos no creen. (V119.
Y por lo tanto, no pueden entender el acontecimiento de la resurrección de Jesús. (V45).
Esto le predica a nuestra fe, atención, que aunque podamos nosotros haber oído hablar que Cristo ha resucitado, este oírlo, este saberlo, no va a cambiar, por sí solo, en nada, nuestra vida. La fe en Jesús resucitado, exige la experiencia personal con el resucitado. Por lo tanto, nos hace falta no solo oírlo, no solo saberlo, sino tener una experiencia personal con Aquel que de entre los muertos se ha levantado.
Podemos haberlo oído y seguir viviendo con apariencia de vivos y estar interiormente muertos, llenos de odios, resentimientos, egoísmo, iras, miedos, angustias, podemos estar viviendo sin esperanza, acostumbrados a vivir mal, sin saber lo que es ser feliz, siendo las personas más desdichadas del mundo y pobremente creer que eso es vida. (Lucas 15,24-32).
Por eso no debemos conformarnos con tan solo oír que Cristo ha resucitado de entre los muertos, esta noticia nos anima a buscar, a anhelar, a desear con todo el corazón tener una encuentro con Aquel que de entre los muertos victorioso se ha levantado.
Como dirá su santidad, Benedicto XVI en Deus caritas est 1: “no se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Preguntémonos, nosotros que celebramos la pascua de Jesús, que significa realmente para nosotros este acontecimiento, en qué cambia esto nuestras vidas.
El apóstol san Pablo le dirá a la Iglesia en Filipo que su anhelo es conocer a Jesús y experimentar el poder de su resurrección. (Filipenses 3,10). Para que aquellos a los que se dirige, ósea nosotros, anhelemos también, lo mismo que él: desear un encuentro con él, el Resucitado.
La fe cristiana no solo es conocimiento, un saber intelectual, información que recibimos y aprendemos. La fe cristiana es fundamentalmente una experiencia con un Dios que está vivo, que ha resucitado de entre los muertos y que es capaz de resucitar a todos los que están sin él muertos.
El mismo apóstol pablo dirá que hay dos modos de conocer a Jesús; una según la carne, es decir, según la razón, según el modo natural que tenemos de conocer todas la cosas, y otra según el Espíritu, a través de la gracia. (2 Corintios 5,16).
Y si Pablo dice esto, es porque él conoció en un primer momento, a Jesús según la carne. Él escuchó la buena noticia de que Cristo había resucitado, mas no lo podía entender. Su vida no cambió por el solo oír. No fue, hasta que tuvo un encuentro en Damasco, con Aquel, de quien había escuchado que había resucitado, que cambió su vida. (Hechos 9,2-9).
El saber que ha resucitado no lo cambió, lo cambió la experiencia con el resucitado. 
Por eso la fe nace del encuentro con el Resucitado. No es lo mismo, conocer solo por oír, que conocer por experimentar. Lo primero genera expectativa en mi fe y lo segundo la confirma. 
En Marcos 12,18-26. Se nos muestra “el problema de los saduceos”, que no creían en la resurrección de los muertos, lo cual nos lleva a entender, que el hombre de forma natural, el hombre sin fe, se le hace difícil entender el poder de Dios y por ello caen en el error, en la incredulidad. (V24).
Jesús respondió: “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.”
Lucas 18,27.
Es por eso que la resurrección pone en manifiesto, que Dios es todo poderoso, que nada es imposible para él. Que Él puede y quiere, realizar cosas grandes a favor del hombre. Del que crea en él y en su poder. (Marcos 9,23).
La resurrección es un acontecimiento que necesita, que exige la fe para poder ser Creído y entendido. Porque te salvarás si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos. Romanos 10:9.
Sin fe el misterio no puede ser penetrar este bendito misterio. Al decir que es un acontecimiento, estamos refiriendo no de algo que pasó en la mente o en imaginación de un grupo de personas, como pretendieron hacer creer los fariseos al sobornar a los soldados para que esparcieran tal mentira. (Mateo 28,11-15).
Estamos hablando de un hecho real, que aconteció, que sucedió en la historia del hombre.
Hecho que ha cambiado la historia en un antes y en un después de él. Y por lo tanto, es capaz de cambiar y trasformar efectivamente la historia personal de cada hombre. Y que se ha vuelto para nosotros, en el misterio central de nuestra fe. (1 Corintios 15,12-19).
Por lo tanto, éste acontecimiento exige la fe para ser creído y para ser entendido por el hecho mismo de ser un misterio. (Juan 20,27-29).
A diferencia de la crucifixión, la resurrección nadie la vio. El momento exacto, el instante preciso en que Jesús resucitó, nadie fue testigo. Como aconteció, este hecho es único, pero a partir de la evidencia del sepulcro vacío, el corazón del hombre está siendo preparado en la expectativa del encuentro con el resucitado. (Juan 20,1-9). Por eso es un misterio, Misterio del cual depende y se sostiene toda nuestra fe, todo en lo que creemos. (1 Corintios 15,14).
La resurrección de Jesús, es totalmente diferente a la de Lázaro o el hijo de la viuda o el de la hija de Jairo. Los otros resucitaron para volver a su misma vida, tal como esta era antes de morir, volvieron a lo mismo, a sus mismos problemas, a su misma realidad. Estos Resucitaron para volver a morir.
Jesús no. El resucita por su propio poder (Juan 10,17-18). Y por el poder del Padre. (Romanos 6,4). Y por el poder del Espíritu Santo. (Romanos 8,11). El no volvió a una vida normal, resucita para una vida gloriosa. Resucita a una vida nueva. Resucita para no morir nunca más.
Por lo que el encuentro con Cristo supone resucitar no a una vida igual a la que teníamos antes de Él, nos resucita para vivir una vida nueva, distinta, diferente. Una vida verdadera y real, con Él y en Él. Ser resucitados es pasar de la muerte a la vida. (Juan 5,25). Cristo nos da una nueva vida. (Juan 10,10). Por eso nos ordena resucitar a los que están muertos, a los que están sin él muertos. (Mateo 10,8).
Con la muerte de Jesús, murió la esperanza de los discípulos de que sus vidas cambien. (Mateo 12,21). La muerte provoca esto, que con ella muera toda esperanza. Ellos dejaron de creer, de esperar un futuro mejor, porque aquel en quien habían puesto todas sus expectativas había muerto. (Salmo 62,6).
La muerte de Cristo en la cruz, provoca un impacto psicológico profundísimo, provoca un trauma en la mente de los discípulos, de ahí que les cueste creer y entender.
Ahora los discípulos no saben qué hacer. (Job 17,15). Están perdidos sin Jesús. (Zacarías 13,7). Por lo que, para sanar tal herida, se necesita una gracia mayor o proporcional al trauma padecido. El trauma de la cruz exige la resurrección para ser curado.
Es necesario que el Señor se les aparezca. (Juan 20,20). Por ello el Señor resucita, para sanarlos, para que no muera su esperanza, para que su fe tuviera de que sostenerse. Jesús resucito por ti, por mí, por cada uno de nosotros. Para que no muriera nuestra esperanza.
Resucita para que vivamos una nueva vida. (Romanos 6,4). Para darnos una segunda oportunidad.
Él, es quien toma la iniciativa, y se revela los hombres que viven sin esperanza, sin Dios, Para que crean y creyendo vivan una vida nueva. Cristo resucitó para que no muera nuestra esperanza.
Israel de Cristo