10 RAZONES POR LAS QUE EL DIABLO NO QUIERE QUE ORES
“Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos. El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará. A él el poder por los siglos de los siglos. Amén”. (1 Pedro 5, 8-11)
Estudiando este pasaje descubrimos algo que es importantísimo a tener en cuenta para nuestra fe. El apóstol Pedro, encargado de cuidar y pastorear la grey de Dios, en este pasaje, ahora más maduro en la fe y consciente de la realidad espiritual en la que nos movemos y existimos. Utiliza una analogía, una comparación para qué valiéndose de una realidad natural, podamos entender una realidad espiritual.
Pedro, dentro de una serie de consejos pastorales de carácter práctico, busca instruirnos en una cuestión: en lo referente a la estrategia que nuestro adversario el diablo suele esgrimir para atacarnos y menguar nuestra fe.
Nos dice que el diablo es «como un león rugiente». Esto nos debe llevar a reflexionar sobre la forma, el modo como suelen atacar los felinos, para así entender y deducir, ese cómo, nos ha de atacar el diablo y podamos así como el apóstol recomienda: resistir firmes en la fe.
Veamos, el León es un felino que pesa aproximadamente entre 130kg. a 190Kg. Caza generalmente de noche, periodo en el que se encuentra más activo. Al no ser muy rápido, acecha a su presa, escondiéndose de su mirada para lanzar un ataque repentino, veloz y certero. Para cazar observa cuál es la presa débil y/o enferma, la que va a rendir poca pelea. Persigue a su presa y la ataca primeramente a las patas traseras con el fin de hacerle caer, para luego morderle la garganta y perforarla con sus colmillos de 7.6 cm. para que esta se asfixie y deje de luchar. Ataca en dos tiempos, busca hacer caer a su presa para luego asfixiarla. Generalmente las que cazan son las hembras, el macho solo lo hace cuando la presa es grande.
Pues bien, nuestro adversario suele hacer lo mismo contra nosotros. Suele atacarnos en la oscuridad, en el tiempo de la desolación del alma. Cuando andamos distraídos y sin percibir el peligro. Siempre nos asecha, nos mira, nos observa. En el tiempo de tribulación, de desesperanza, en el tiempo en el que bajamos la guardia por el cansancio del día a día, del andar en la fe. En medio de nuestras luchas, de nuestras noches oscuras, en los momentos de tristeza del alma, el león ronda espiando a su presa. “El diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno”. (Lucas 4,13)
Se oculta de nuestra mirada para que no nos demos cuenta de su presencia. La falta de discernimiento, de vigilia interior, de ese velad que nos dice el Señor. “Al acecho escondido como león en su guarida, al acecho para atrapar al desdichado, atrapa al desdichado arrastrándole en su red”. (Salmo 10,9)
Para que, cuando espiritualmente estemos distraídos lance su mortal ataque. “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento”. (Marcos 13,33)
Por eso, siendo más astuto que nosotros, estamos llamados a resistirle. “Resistid al Diablo y él huirá de vosotros”. (Santiago 4,7) Nos persigue y busca que caigamos. Pero no se trata solo de que caigamos en el pecado, lo que pasa después de que caemos es lo que en realidad hace que caigamos literalmente.
Desánimo, desesperación, ansiedad, tristeza, soledad, nos lleva a creer que las cosas no pueden ni van a cambiar. Lo que el diablo espera es que perdamos la esperanza de salvación y de auxilio divino.
Para así asfixiarnos y por ello dejemos de luchar, porque solo el que espera lucha, sin esperanza uno se deja morir. Eso es lo que hace el león, asfixia a su víctima hasta que esta deja de luchar por su vida al ver que no puede escapar. ¿Cuántos han dejado de luchar por su vida espiritual engañados por el diablo?
El diablo quiere en el fondo una sola cosa: que usted deje de creer, deje de luchar, deje de esperar en Dios. “Te ha perseguido tu enemigo, pero pronto verás su ruina y en su cerviz pondrás tu pie”. (Baruc 4,25)
Pues bien, usando esta analogía entre el león y el diablo, podemos decir que el golpe más certero no es la caída, atención, porque el que cae se puede levantar. El golpe más certero es la asfixia que proviene luego de ella.
Habíamos dicho que el ataque tiene dos tiempos, el primero es atacar las patas para que la presa caiga y el segundo es asfixiarla. De la misma manera el caer en el pecado es solo el primer ataque, lo que viene luego de ello es lo mortal para la presa, si le corta la respiración, la presa está ya vencida. Y la manera espiritual como nosotros respiramos es la oración. El que no ora es fácilmente vencido. “Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu”. (1 Tesalonicenses 5, 17-19)
He aquí que le quiero dar algunas razones por las que no debería dejar de orar a pesar de como se encuentre. 10 razones por las que el Diablo no quiere que usted ore:
1. Romper la comunicación con Dios.
El que no ora vive con Dios en la periferia de su vida, lejos de él y fuera de él, porque la oración hace y pone a Dios en el centro de nuestra existencia, de nuestras decisiones, de nuestras acciones. El que no ora no sabe discernir el querer de Dios. Vive sin luz interior. Se mueve solo por sus criterios y apreciaciones y no por el Espíritu Santo. “Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído”. (Isaías 50,4-5)
2. Se viva una vida prescindiendo de Dios.
Si el mismo Señor dijo: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Juan 15,5) El que no ora cree que solo puede. Piensa que dedicarle tiempo a la oración no es tan, ni más importante, que aquellas cosas en las que se ocupa. El que no ora siente una independencia de Dios que le lleva a decir: “tú sabes Señor que no tengo tiempo”. Y el gran objetivo del diablo es justamente eso: que nos independicemos de Dios, que seamos dueños de nosotros mismos. Lo que nos llevaría a no dar razón de nuestras acciones a nadie, lo que es igual a un vivir sin Dios.
3. Se desconozca el proyecto de Dios sobre mí.
El querer de Dios lucha dentro de nosotros por ser descubierto, nuestra alma nos habla de él. Tenemos ese anhelo de eternidad y ese deseo de felicidad gritándonos desde muy adentro, esperando ser descubierto. Y la vida se vuelve vida al fin, cuando se entiende ese por qué estamos vivos. Pues bien, Dios quien ha creado todo con un propósito nos devela ese propósito, el sentido pleno de nuestra existencia, a través de la oración asidua, en el dialogo constante y permanente con Él. “Llámame y te responderé y mostraré cosas grandes, inaccesibles, que desconocías”. (Jeremías 33,3)
4. No se alcance madurez espiritual.
En orden a lo natural, todo lo que nace tiende a crecer, la ausencia de crecimiento implica estancamiento y lo que se estanca se estropea. En orden a lo sobrenatural, la oración influye directamente en el crecimiento espiritual del creyente: su comprensión sobre Dios, su visión de la vida, sus anhelos, pensamientos, acciones, su conversión, todo él se va ordenando y reorientando en orden a la fe, a la esperanza y a la caridad. De tal forma que el que no ora no hace progresos o progresara muy pero muy poco. “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. (Lucas 2,52)
5. No se desarrolle confianza en Dios.
La confianza es algo que surge a partir del trato personal con alguien. Al ver que Dios responde nuestras oraciones, nos sentimos escuchados. Es ahí que se forja la confianza de que cuando oro Dios me escucha y me responde. La confianza es el fruto de la oración, resultado del coloquio con Dios, consecuencia natural del encuentro sobrenatural. “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mateo 6,6)
6. No sea feliz.
Nuestra alma extraña dentro de nosotros las manos de Aquel que la creo, porque ella, solo se sabe en plenitud, cuando Aquel que es la plenitud la acaricia, la consuela, la conforta. Cuando el alma siente la consolación de Dios, esta se sabe feliz, dichosa, alegre, animosa. Lo temporal no satisface al alma porque el alma tiene sed de eternidad y de plenitud, sed de Dios. Por eso al que ora, se le alegra el alma. “estad siempre alegres. Orad constantemente”. 1 Tesalonicenses 5,16-17. Y el que tiene el alma alegre, alegre la tiene porque es realmente feliz con Dios.
7. Se encuentre el alma enferma, en un estado de debilidad crónico.
Dícese débil respecto aquella persona que tiene poco vigor o poca fuerza, para realizar algo. También se dice débil de aquella persona que por flojedad de ánimo fácilmente cede ante aquello que le cuesta. De ahí que a muchos les cueste dedicarse a cultivar la vida de oración. El alma que está dominada por la pereza se encuentra en terrible y dolorosa situación, de la cual para salir de ella, mucho tendrá que ser el esfuerzo, y a veces de solo intentarlo se desalentara. “Se apiadará del débil y del pobre, el alma de los pobres salvará”. Salmos 72,13.
8. Se caiga fácilmente en el pecado.
Nuestro Señor Jesucristo, en el momento más crucial de su vida, nos enseñó sobre la urgencia de vivir vigilantes y orando para no caer en la tentación que nos conduce hacia el pecado. «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Mateo 26,41. Nuestro sapientísimo Salvador, conocer de la nuestra miseria y debilidad, nos exhorta a orar para no caer en la tentación de ahí que para frenar la caída haga falta hacer continuamente oración. Desdicha le espera al que no ora, pues verá cómo se multiplican su males sin poder evitarlo.
9. No se experimente el amor de Dios que sana y libera.
La oración al ser un encuentro personal con el Dios, Uno y Trino, es un encuentro con Aquel que es nuestro Médico, nuestra Salud, nuestra Medicina, la fuente de donde proviene todo nuestro bienestar, nuestro Shalom. “Pero para vosotros, los que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia con la salud en sus rayos, y saldréis brincando como becerros bien cebados fuera del establo”. Malaquías 3,20. Por eso quien no ora anda todo enfermo, ansioso, temeroso y achacoso, no se sabe amado ni curado porque no gusta estar en la presencia sanadora de Dios.
10. No vivamos como hijos de Dios
La filiación divida se vive bajo el influjo e inspiración interna del Espíritu Santo. “En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá Padre!”. Romanos 8:14-15. Si no oramos, ¿Cómo discernir si las mociones que nos mueven son del Espíritu Santo de Dios o del espíritu puramente humano o del espíritu maligno? Pues solo los que se dejan guiar por el Espíritu solo eso son hijos de Dios. Sin oración es imposible vivir una vida en el Espíritu Santo.
La peor decisión, que es la madre de todas las malas decisiones que podamos tomar en nuestra vida, es decidir no dedicar tiempo a hacer oración.